Bajo el cielo frío y perpetuamente gris de Tunja, donde el viento de la meseta parece susurrar verdades académicas, mi vida como enfermero tomó un rumbo que nunca imaginé entre las sábanas de un hospital o el sonido rítmico de los monitores. Ser Joven Investigador en la UPTC no es solo un título en un cartón o una línea adicional en el currículo; es, en esencia, un acto de rebeldía intelectual. Es decidir que mis manos, además de sostener jeringas y canalizar venas, tienen la fuerza necesaria para sostener una pluma, analizar datos y transformar la realidad de salud de mi comunidad desde la raíz del conocimiento.
Recuerdo los primeros días en la Facultad de Ciencias de la Salud, esa sensación de vértigo al cambiar el fonendoscopio por la base de datos, y el turno de doce horas por la lectura incansable de artículos científicos. Al principio, uno se siente un extraño en su propia disciplina. Nos enseñan que la enfermería es el arte del cuidado, pero en los pasillos de la «Pedagógica» descubrí que no hay cuidado más profundo que aquel que se sustenta en la evidencia. Investigar en la UPTC es como aprender a leer de nuevo el cuerpo humano, pero esta vez a través de patrones, estadísticas y relatos de vida que se convierten en variables de un cambio social necesario.
Hubo tardes de frustración, por supuesto, donde los resultados no cuadraban o la metodología parecía un laberinto sin salida. Pero luego llegaba ese momento mágico —el «eureka» del investigador— donde una tendencia en los datos revelaba una falla en un protocolo o una necesidad desatendida en una población rural de Boyacá. En esos instantes, comprendí que la investigación es otra forma de salvar vidas, quizás no de una en una en una sala de urgencias, sino de a miles, mediante políticas y saberes que trascienden el tiempo.
La UPTC, con su rigor casi místico y su compromiso social inquebrantable, me moldeó. Me enseñó que un enfermero investigador es un puente entre la ciencia y la humanidad. Mi experiencia ha sido un viaje de autodescubrimiento donde aprendí que la curiosidad es tan vital como el pulso, y que preguntar «¿por qué?» es el primer paso para curar un sistema. Hoy, al mirar atrás, no veo solo gráficos y manuscritos; veo la huella de un compromiso eterno con la vida, un compromiso que nació en las aulas de mi universidad y que hoy se proyecta hacia un futuro donde la enfermería no solo asiste, sino que lidera, piensa y transforma.